A tu puerta hemos venido
cuatrocientos en cuadrilla
si quieres que nos sentemos
saca cuatrocientas sillas
Las noches de invierno largas y frías, tenían pocos alicientes. Había dos alternativas: meterse a la cama a la hora de las gallinas, consiguiendo tres objetivos: no consumir leña, estar caliente y, si cuadraba, aumentar el censo de habitantes; o reunirse por afinidad familiar o de amistad en una casa, al amor del fuego y la luz del candil, a charlar de todo un poco.
A veces ni siquiera se charlaba: se ensimismaban, con la mirada perdida entre los arabescos de las llamas, abstraídos en sus pensamientos más íntimos o en los más simples y cotidianos.
Cuando el tiempo, el trabajo y las faenas del campo lo permitían, los mozos se juntaban por la noche a charlar o a jugar a la brisca o al guiñote. La noche de los sábados la dedicaban a rondar a las mozas. A mediados de septiembre, ya las tareas del campo eran menos acuciantes, menguaban los días y los mozos tenían más tiempo para reunirse. Todos los sábados, después de cenar, se juntaban en el "morrete" de la Plaza. Iban apareciendo despacito, de uno en uno o en pequeños grupos. Llegaban los mozos de la música (guitarras, laúdes y bandurrias) y se ponían a "templar", tin, tin,tin, tin, tilín, tilin, ton-tin... El encargado de la bota no tardaba en aparecer si es que no estaba ya, y se echaban los primeros tragos, mientras, se establecía y pactaba el recorrido por donde debía transcurrir la ronda esa noche. Una vez los instrumentos a punto, se rasgaban los primeros acordes, ¡Va!, !Venga¡, ¡Vamos!, algunos se impacientaban, y en seguida los sones de la primera jota estaban en el aire. Los demás mozos, haciendo piña en torno a los músicos, pensaban en las letrillas que iban a cantar, la primera jota no tardaba en salir de la garganta del más decidido, rompiendo el silencio de la noche: "
Esta es la plaza señores/ esta es la plaza y no hay otra/ donde se tira la barra/ donde se baila la jota". En ocasiones, algún mozo, despechado por haber sido rechazado, cuando la ronda pasaba por la puerta de la casa de la doncella en cuestión, le cantaba alguna jotilla con segundas intenciones:
"Mi padre me ha comprao un burro / y en el burro mando yo / cuando quiero digo !arre¡ / cuando quiero digo !so¡" matizando mucho las interjecciones !arre¡ y !so¡. Otras veces no eran tan sutiles
"Aunque tus padres me dieran / Castilla y las mulas blancas / no me he de casar contigo / porque eres estrecha de ancas" y llegando a la calle de los Quintanares: siempre había alguno que cantaba:
"La calle mayor me mata / la menor me resucita / y en la de los Quintanares / tengo yo a mi morenita" .En otras, por pique o rivalidad entre mozos, cantaban, en el mejor de los casos, jotas de picadillo como por ejemplo:
"Ese que ha cantao ahora / canta poco y canta mal / se parece a mi borrico / cuando empieza a rebuznar", y entonces ya estaba servido el lío, aunque en la mayoría de los casos, estas rivalidades se solucionaban cantando, tratando de castigar y ridiculizar al adversario, en otras ocasiones, las menos, no se paraban en entonar más o menos afinadamente las jotillas si no que se liaban a tortazos.
(con permiso de Albendiego)